CARACAS, lunes 15 de marzo, 2010 | Actualizado hace
En el Centro Plaza solo encienden las luces de noche. El aire acondicionado y las escaleras mecánicas, en cambio, no volvieron a funcionar más. Pese al ahorro, aún está en la mira de Corpoelec (Gustavo Bandres)
La impresionante cola para entrar al Centro Empresarial Sabana Grande cada mañana hace dudar de si se trata de una torre de oficinas o están repartiendo bolsas de comida gratis. Las medidas de ahorro eléctrico apagaron seis de los ocho ascensores que transportaban a cientos de trabajadores y clientes por sus 25 pisos.
Adentro es peor. Jaime López, empleado de una compañía de alimentos, se asustó cuando revisó el termostato de su oficina la semana pasada: 33,4°, la típica temperatura playera.
Él intenta soportarlo, pero más le preocupan sus compañeros que trabajan en cualquiera de los cinco niveles del sótano, inhalando gases de vehículos todo el día, pues tienen prohibido encender los compresores.
Más calor le dio cuando fue a poner su denuncia al Instituto Nacional de Prevención, Salud y Seguridad Laborales (Inpsasel) y le respondieron que no están procesando ese tipo de solicitudes, por tratarse de una medida dictada desde el Ejecutivo Nacional.
A expensas de la salud de los empleados, la torre exhibe su calcomanía verde de Corpoelec, que los cataloga de "colaboradores" y además los libra de multas y sanciones.
El Centro Plaza de Altamira, donde funcionan 600 oficinas y 260 locales comerciales, está en cambio marcado con la calcomanía roja de amenaza. El ahorro para evitar el castigo pasó de molesto a extremo y los clientes deben recorrer los pasillos en el calor y la penumbra.
En la parte comercial ni siquiera funcionan las escaleras mecánicas. "Si con esto no logro bajar el consumo, me suicido. Bueno, se suicida el centro comercial. Tendremos que cerrar", aseguró Edgar Zambrano, gerente del espacio.
El lunes pasado, una empleada llevaba su ventilador (el nuevo accesorio de las oficinas), mientras esperaba su turno para entrar a alguno de los dos ascensores encendidos. Adentro, Isauri Ruiz, la ascensorista, celebraba porque consiguió trabajo: "Crearon este cargo para controlar la cantidad de personas que se montan", aunque reconoce -con el rostro brillante del sudor- que el trabajo no le ofrece el mejor ambiente.
Una trabajadora del piso 18, que prefirió no ser nombrada, catalogó la situación como "el colmo", pues ya en el centro comercial tenían problemas fuertes con los servicios de agua y recolección de desperdicios y ahora se le suma este.
En el Macaracuay Plaza hacen colas de hasta 45 minutos para subir a las dos torres de oficinas y una vez arriba, dependen de los nuevos horarios de los ascensores: de 7 a 9 de la mañana, de 12 a 2 de la tarde y de 5 a 7 de la noche.
Además de lo oscuro y caluroso del lugar, se quejan de su seguridad. Ya el lunes pasado robaron a una trabajadora en las escaleras cuando intentaba ahorrarse la espera para subirse al ascensor. "Trabajamos entre el estrés de los servicios y la inseguridad. Ademas, nuestra productividad ha bajado, nos afecta estar encerrados y con el calor de 200 personas hacinadas, es horrible", afirmó un empleada.
Martín Gathman, de una compañía hidráulica, optó por comprar café cada hora mientras transcurre la jornada. Al menos así respira, pues en su oficina no hay ventanas.
La crisis de los servicios ha obligado a algunos gerentes, incluso, a modificar horarios, sacrificando productividad y hasta puestos de trabajo. A los ciudadanos, vivir una tragedia cada vez que van a trabajar o hacer una diligencia.
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